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Hepatitis.

 Significa inflamación del hígado. Este órgano, situado debajo del pulmón derecho y protegido por las costillas, hace las funciones de laboratorio central del cuerpo, centro depurador de muchas sustancias y fabricante de otras, como factores de la coagulación, y también es pieza fundamental en la digestión de los alimentos (fabricación de la bilis) y especialmente en su asimilación por el organismo, pues todo lo que se absorbe en el intestino, pasa primeramente por el hígado para ser allí tratado.

La inflamación trae como consecuencia que el hígado no pueda realizar a pleno rendimiento sus muchas tareas y esto puede provocar síntomas, que dependerán del grado y tipo de inflamación, aunque no son raras las formas asintomáticas y que sólo se detectan accidentalmente por un análisis de sangre.

En función de la duración de la enfermedad se clasifican en agudas, si duran menos de 6 meses y crónicas, si persisten al cabo de un semestre.

Con gran diferencia, la causa más frecuente de las hepatitis en los niños es infecciosa, es decir, provocada por microbios y, dentro de éstos, los virus se llevan la palma. Gran número de estos gérmenes pueden dar lugar a alteraciones hepáticas transitorias y sin ninguna importancia, durante las infecciones que nos producen y que se manifiestan con síntomas de otro origen, como respiratorios o gastrointestinales, pero los productores más característicos de hepatitis son los llamados virus A, virus B y virus C.

·         La hepatitis A ha sido tradicionalmente en España la hepatitis más frecuente en chavales y adolescentes. Se transmite mediante la ingestión del virus procedente de las heces de otra persona que está infectada (transmisión fecal-oral) y cuando produce síntomas, pues es frecuente pasar la infección sin dar ninguna señal, especialmente en los más pequeños, provoca la clásica ictericia (color amarillo de la piel), con deposiciones pálidas y orinas oscuras, dolor de vientre en la zona del hígado y fiebre. Salvo algunos casos, afortunadamente poco comunes, la enfermedad cura completamente al cabo de una larga temporada (semanas) y no deja ninguna secuela. En la actualidad ha disminuido notablemente la detección de casos de hepatitis A en España, debido fundamentalmente a la mejoría de las condiciones socio-sanitarias e higiénicas de nuestro país.

·         La hepatitis B es un problema muy diferente. Es fundamentalmente una enfermedad de transmisión sexual (venérea), aunque se puede transmitir de madre a hijo en el embarazo o el parto, y también por contacto sangre-sangre. Los síntomas que produce suelen ser menos aparatosos que los de la enfermedad provocada por el virus A, pasando a veces desapercibida, pero, y aquí está lo importante, el virus B tiene tendencia a permanecer dentro del organismo (10%) dando lugar en ocasiones a alteraciones del hígado persistentes (hepatitis crónica) y favoreciendo la aparición de cáncer de hígado. Además, las personas portadoras del virus, aún no teniendo hepatitis en ese momento, son una fuente de contagio para los demás.

·         La hepatitis C se transmite principalmente por contacto sangre-sangre (transfusiones sanguíneas o por compartir jeringuillas entre adictos a drogas administradas por vía intravenosa), pero sólo raramente por vía sexual o por transmisión de madre al feto. No obstante, en la mayor parte de los casos de niños y adolescentes con hepatitis C, no se puede identificar cuál ha sido la forma de contagio. Este tipo de hepatitis vírica se suele hacer crónica (50%), siguiendo frecuentemente un curso en forma de brotes o reactivaciones sucesivas.
·         Otras menos habituales, especialmente en los niños, son la hepatitis D (o delta), de transmisión sanguínea y que sólo afecta a los que ya sufren una hepatitis por virus B, agravando su evolución, y la hepatitis E, que se contagia como la provocada por el virus A (vía fecal-oral) y que no suele cronificarse.

Fuera de las causas infecciosas, es conveniente tener presente que el hígado puede también resultar inflamado por determinados fármacos (hepatitis medicamentosas) o por sustancias como el alcohol (hepatitis tóxicas).

¿Cómo se detecta?

Los síntomas clásicos son: fiebre, ictericia (con orina oscura y heces pálidas), náuseas, dolor abdominal, malestar e inapetencia, a veces también dolores en las articulaciones e incluso erupción en la piel. Pero estas manifestaciones no siempre están presentes, pues, como se comentó, no son raras las formas con pocos síntomas (o ninguno aparente), especialmente en los niños pequeños.

El médico podrá detectar, palpando el abdomen del niño, el posible aumento del tamaño del hígado (hepatomegalia) y a veces también del bazo (esplenomegalia).
La confirmación de si se tiene o no una hepatitis, se realiza por medio del análisis de las transaminasas. Éstas son unas sustancias que cuando aumentan en la sangre por encima de ciertos niveles, indican inflamación activa del hígado, es decir hepatitis, aunque no aclaran la causa.

Para investigar el origen de la enfermedad, en ocasiones habrá que hacer pruebas serológicas (determinación de anticuerpos en sangre) y/o de otros tipos

¿Cómo se trata?

Las hepatitis infecciosas producidas por virus (A, B, C, etc.) no tienen un tratamiento específico eficaz. Los niños se curan "cuando les toca curar". No es preciso, como antaño se recomendaba, mantener reposo en cama durante la enfermedad; será el propio niño o adolescente quien fije, en función de la intensidad de su decaimiento, su grado de actividad. Deben evitarse sustancias que podrían dañar a un hígado inflamado, como ciertos medicamentos (paracetamol) y sustancias como el alcohol, en los adolescentes y adultos. No es tampoco necesario llevar ningún tipo de dieta estricta, y es que además es frecuente la inapetencia, sobre todo al principio de la enfermedad.

¿Cómo prevenirla?

El mejor método para la prevención de la hepatitis A es un adecuado control sanitario (fuentes del agua para consumo y preparación de los alimentos) y la higiene (especialmente el lavado de manos después de cambiar a los niños pequeños en guarderías y escuelas infantiles). Existe una vacuna eficaz comercializada en nuestro país, pero por el momento sólo se indica en casos especiales, como contactos domiciliarios de enfermos, enfermos crónicos del hígado, viajeros a zonas endémicas (niños inmigrantes que vuelven de vacaciones a sus países de origen), etc., si bien en Cataluña, como excepción, se administra de forma rutinaria a todos los adolescentes, junto con la vacuna contra la hepatitis B.

La vacunación universal contra la hepatitis B, implantada desde hace algunos años en España en los lactantes y/o adolescentes, está provocando una disminución drástica en la aparición de nuevos casos. Otra medida de control, implantada también en nuestro territorio, es realizar análisis en el embarazado para detectar a las madres portadoras del virus B y, en este caso, reforzar el tratamiento preventivo del recién nacido administrándole gammaglobulina específica, además de la vacuna.

En el caso de la hepatitis C, no existe por el momento una vacuna eficaz. Las medidas preventivas se circunscriben a evitar el posible contagio, por medio del control de los productos sanguíneos empleados en las transfusiones (como también en los casos de la hepatitis B y el sida) y en recomendar, en los adultos, no compartir nunca jeringas y practicar "sexo seguro". 

¿Cuándo puede ir su hijo a la guardería o al colegio?

Los niños afectados de hepatitis A y con más razón los que necesiten pañales, no deben acudir a la guardería o la escuela hasta una semana después del inicio de la enfermedad, y además se deberá informar rápidamente del diagnóstico, para que se pueda valorar la necesidad de medidas preventivas complementarias para otros niños asistentes al centro y para los cuidadores adultos.

En el caso de las hepatitis B y C, no debe establecerse ningún límite en el acceso a colegios y guarderías, salvo casos excepcionales (conducta anormalmente agresiva -por peligro de mordeduras-, heridas sangrantes, etc.).

Las hepatitis no infecciosas (tóxicas, medicamentosas, etc.) no resultan contagiosas y no precisan, por tanto, de medidas de control relacionadas con la asistencia escuela o el contacto con otras personas.

Fuente: En Familia


El acné.

       Si eres casi un adolescente, es muy posible que tengas un poco de acné. Aproximadamente ocho de cada 10 preadolescentes y adolescentes tienen acné, al igual que muchos adultos. De hecho, casi 17 millones de personas en los Estados Unidos tienen acné. El acné es algo tan común, que tenerlo se considera parte normal de la pubertad.
¡Pero el solo hecho de saber esto no sirve cuando al mirarte en el espejo descubres un enorme grano en el mentón! La buena noticia es que informarte sobre el acné y tomar algunas medidas sencillas al respecto puede ayudarte a sentirte mejor.
¿Qué es el acné?

El acné es un trastorno de la piel que se manifiesta mediante diferentes tipos de protuberancias. Éstas incluyen puntos blancos, espinillas, granos y quistes. ¿Qué causa estas molestas protuberancias? La piel está cubierta por pequeños agujeritos llamados folículos pilosos o poros. Los poros contienen glándulas sebáceas (llamadas también glándulas aceitosas) que producen sebo, un aceite que humedece el cabello y la piel.
La mayoría de las veces, estas glándulas producen la cantidad adecuada de sebo y los poros están bien. Pero, a veces, una gran cantidad de sebo, células muertas de la piel y gérmenes llamados bacterias obstruyen los poros, lo cual puede causar acné.
Cuando un poro está obstruido, se cierra y sobresale de la superficie de la piel formando un punto blanco. Si un poro está obstruido pero permanece abierto, la capa superior puede oscurecerse y se produce una espinilla. A veces, las paredes de los poros se quiebran, permitiendo que el sebo, las bacterias y las células muertas de la piel se abran paso por debajo de la piel. Esto produce una pequeña infección de color rojo llamada grano. Los poros obstruidos que se abren a un nivel profundo de la piel pueden provocar infecciones más grandes que reciben el nombre de quistes.

¿Por qué les sale acné a tantos niños?
A muchos niños y adolescentes les sale un tipo de acné que se llama acne vulgaris. Generalmente, aparece en la cara, el cuello, los hombros, la parte superior de la espalda y el pecho. A los adolescentes y niños les sale acné debido al cambio hormonal que ocurre durante la pubertad. A medida que creces y tu cuerpo comienza a desarrollarse, estas hormonas estimulan las glándulas sebáceas para que produzcan más sebo y la actividad de estas glándulas puede ser demasiado intensa. Cuando hay una gran cantidad de sebo, ese aceite obstruye los poros y produce acné.
No importa lo que hayas oído, el acné no aparece por comer comidas grasosas como papas fritas o pizza, ser adicto al chocolate o beber gaseosas. Usar maquillaje tampoco es una de las causas del acné, especialmente si la etiqueta del maquillaje dice "no contiene aceite", "no comedogénico" (lo que significa que no obstruirá los poros), o "no produce acné".
Si tus padres tuvieron acné en la adolescencia, es probable que también tú lo tengas. El estrés puede empeorar el acné ya que cuando estás estresado, tus poros pueden producir más sebo. Afortunadamente, el acné mejora en la mayoría de las personas a partir de los 20 años.
¿Qué puedo hacer para controlar el acné?
Si te preocupa el acné, hay varias medidas que puedes poner en práctica para evitar esos granos:
·         Como ayuda para la acumulación de grasa que puede provocar acné, lávate la cara dos veces al día con agua tibia y un jabón suave o una crema de limpieza para la piel.
·         No te frotes fuertemente la cara. De hecho, restregarte puede empeorar el acné e irritar la piel. Lávate delicadamente con las manos en lugar de usar una toalla.
·         Si usas maquillaje, asegúrate de que en la etiqueta diga "no contiene aceite", "no comedogénico" o "no produce acné".
·         Cuando te laves la cara, dedica suficiente tiempo a quitarte todo el maquillaje.
·         Si usas fijadores en aerosol o gel para el cabello, trata de que al aplicarlos no entren en contacto con la cara, ya que pueden obstruir los poros.
·         Si tienes el cabello largo y te toca la cara, mantenlo alejado del rostro y lávatelo con frecuencia para reducir la acumulación de aceite.
·         Las gorras de béisbol y otros sombreros pueden producir granos a lo largo del cuero cabelludo. Evita su uso si piensas que están empeorando tu acné.
·         Lávate la cara después de hacer ejercicios físicos y sudar mucho.
·         Trata de no tocarte la cara.
·         No te arranques, aprietes o revientes los granitos.
Existen muchas lociones y cremas que se venden en farmacias y ayudan a evitar y aliviar el acné. Puedes probar distintos productos para averiguar cuál funciona mejor. Los productos que contienen peróxido de benzoilo o ácido salicílico por lo general son bastante útiles para el tratamiento del acné. El peróxido de benzoilo elimina las bacterias que pueden provocar acné y el ácido salicílico elimina las espinillas y los puntos blancos.
Cuando uses un producto para el tratamiento del acné, asegúrate de seguir las indicaciones al pie de la letra. No uses más cantidad de la indicada ya que la piel podría ponerse muy roja o secarse demasiado. Además, para cerciorarte de que no eres alérgico al producto, es una buena idea probar sólo una pequeña cantidad la primera vez. Y no te desanimes si no ves los resultados al día siguiente ya que los medicamentos contra el acné pueden tardar un poco en hacer efecto.
¿Y si de todos modos me salen granos?
A algunos niños les saldrán granos muy rara vez; ¡ellos sí que son afortunados! Pero a muchos niños les saldrán algunos granos, incluso si toman las medidas necesarias para prevenir el acné. Esto es completamente normal. De hecho, a algunas chicas que no tienen problemas de acné, les aparece acné unos días antes de tener su período menstrual. Este es un problema común llamado acné premenstrual y se presenta debido a cambios hormonales en el organismo. Los chicos también sufren cambios hormonales y son más propensos a tener graves casos de acné.
Si tienes acné, no querrás que éste empeore. Por eso es muy importante que mantengas las manos alejadas de tus granos. Trata de no tocarlos, apretarlos o pellizcarlos. Si jugueteas con los granos, puedes aumentar la inflamación al querer sacarlos o abrirlos. ¡Además, el aceite de tus manos empeora las cosas! Sin embargo, la peor parte es que sacar los granos podría dejar cicatrices en la cara.
Algunas personas te dirán que, además de reventar los granos, tomar sol te ayudará a combatir el acné. Pero esto no es verdad. Aunque el bronceado solar puede hacer que el acné parezca menos grave al ocultar los granos, no va a ayudar a hacerlos desaparecer. Y de todos modos, tomar demasiado sol no es una buena idea porque hoy te puede quemar la piel pero más adelante puede causar arrugas y cáncer de piel.
Los niños con casos graves de acné pueden obtener ayuda de su médico o dermatólogo (un médico que trata los problemas de la piel). Los médicos pueden recetar medicamentos más potentes que los que puedes comprar en una tienda. Entre los productos recetados para combatir el acné se encuentran cremas más potentes que evitan la aparición de granos o antibióticos que eliminan las bacterias que provocan el acné.
Si tienes acné, ahora ya sabes que existen medidas que puedes poner en práctica para mejorar la condición de la piel. Además, recuerda que no eres el único. Si miras a tu alrededor, verás que a tus amigos y a la mayoría de los niños y adolescentes les pasa lo mismo.


Actualizado y revisado por: Patrice Hyde, MD
Fecha de revisión: junio de 2014


Dolores de crecimiento en los niños

     Algunos niños, especialmente en edad escolar, suelen quejarse de que les duelen los músculos de las piernas: muslos, pantorrillas y las rodillas, normalmente por la tarde o al caer la noche. Estas molestias suelen aparecer y desaparecer y, a veces, producen cierto desasosiego a los padres, ya que no consiguen identificar la causa de este dolor. 

     Hay niños que sienten estos dolores de manera recurrente y no siempre los padres saben si estos dolores se deben a un sobreesfuerzo muscular, a alguna lesión o golpe no visible, o al cansancio acumulado del día.

El dolor de crecimiento de los niños

     Por lo general, los pediatras dicen que se trata de dolores de crecimiento, que no corresponderían ninguna enfermedad o lesión, sino a un dolor habitual en los niños que están creciendo. Parece que estos dolores son más frecuentes en los niños que en las niñas y los tramos de edad abarcan desde los 5 a los 13 años en los niños y de los 5 a los 11 en las niñas.


     Los síntomas de los dolores de crecimiento son que el niño tiene dolores repentinos en los miembros inferiores (y, a veces, también en los brazos) que aparecen más frecuentemente al final del día y suelen remitir con el descanso. Se trataría de dolores óseos, que afectan a ambas extremidades, causados por el crecimiento de los huesos y el estiramiento de los músculos, vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas. Aunque pueden ser intensos, también son difusos porque no tienen un lugar específico en el cual se presenten. No vienen acompañados de otras manifestaciones externas como hinchazón, congestión o fiebre. Se trata pues de una afección benigna que cede con el descanso, calor, masaje o algún analgésico suave.

     En todo caso, es aconsejable consultarse con el pediatra y poner más atención cuando podamos sospechar que estos dolores se deban dolores reumáticos (cuando el dolor sea permanente, cuando no se dan en ambas extremidades) o vienen acompañadas de hinchazón, calor o enrojecimiento. Asimismo, es conveniente aclarar, que los dolores de espalda también frecuentes en los niños, no se deben a molestias por el crecimiento, sino más bien a malos hábitos posturales o sobreesfuerzos.

                                     Mirna Santos. Redactora de GuiaInfantil.com


Dolor de Cabeza.


         Independientemente de que sea pulsátil y martilleante o sordo y tan solo molesto, el dolor de cabeza abunda en la población infantil. Los dolores de cabeza pueden tener un amplio abanico de causas y muchos grados de intensidad. Es importante saber reconocer cuándo un dolor de cabeza no es más que una molestia pasajera y cuándo se trata de algo distinto que requiere atención médica.

Causas del dolor de cabeza

El dolor de cabeza se cree que tiene su origen en cambios que afectan a las sustancias químicas, los nervios y los vasos sanguíneos de esta parte del cuerpo. Estos cambios envían mensajes de dolor al cerebro, lo que provoca el dolor de cabeza.
Por lo general, los niños tienen los mismos tipos de dolor de cabeza que los adultos. Y el dolor de cabeza suele ser hereditario, de modo que, si los padres padecen este tipo de dolor, es posible que sus hijos también lo desarrollen.

Algunos de los posibles y numerosos desencadenantes del dolor de cabeza son los siguientes:

     - ciertos medicamentos (el dolor de cabeza es uno de los posibles efectos secundarios de algunos medicamentos)
     - falta de sueño o cambio repentino en los patrones de sueño
     - saltarse comidas
     - estar deshidratado
     - estar bajo mucho estrés
     - sufrir un traumatismo craneoencefálico menor
     - utilizar el ordenador o ver la televisión durante mucho tiempo seguido
     - problemas en la vista
     - la menstruación
     - experimentar cambios hormonales
     - hacer un viaje largo en coche o autobús
     - escuchar música a un volumen muy alto
     - fumar, oler olores fuertes, como perfumes, humos, gases o los olores que desprenden un coche nuevo o una moqueta nueva ingerir demasiada cafeína (en refrescos, café, té y/o chocolate)
     - consumir determinados alimentos (como alcohol, queso, frutos secos, pizza, chocolate, helados, alimentos grasos o fritos, embutidos, perritos calientes, yogur, aspartamo o cualquier alimento que contenga el aditivo glutamato monosódico o GMS)

     En algunos casos, el dolor de cabeza está provocado por ciertas infecciones, como:

     - infección de oído
     - infección vírica, como una gripe o un resfriado común
     - faringitis estreptocócica
     - infección de senos nasales
     - enfermedad de Lyme

La mayoría de los dolores de cabeza no son indicativos de que ocurra algo malo (aparte del dolor), aunque en contadas ocasiones, el dolor de cabeza está provocado por afecciones médicas más graves.

Tipos de dolores de cabeza más frecuentes

Cuando un niño tiene más que un dolor de cabeza de carácter ocasional, los tipos de dolor de cabeza más frecuentes en la población infantil son la cefalea tensional y la migraña.

Cefalea tensional

Bastante frecuente en la población infantil, la cefalea tensional la puede desencadenar una amplia variedad de factores estresantes, tanto de tipo psicológico como físico. El dolor se suele describir como:

     - una presión constante alrededor de la parte anterior o frontal y los lados de la cabeza, que se puede sentir como si se tuviera una cinta de goma apretada alrededor de la cabeza
     - efecto constrictor, como si te estuvieran comprimiendo o apretando la cabeza
     - sordo
     - molesto

     Las dos principales diferencias existentes entre las cefaleas tensionales y las migrañas son las siguientes: las cefaleas tensionales no suelen ir acompañadas de náuseas o vómitos, y generalmente no empeoran con la actividad física, síntomas más propios de las migrañas.

Migrañas
A menudo desencadenadas por factores como el estrés, la falta de sueño y la menstruación, las migrañas pueden cursar con los siguientes síntomas:

     - dolor pulsátil, martilleante y continuo en uno o ambos lados de la cabeza
     - mareo
     - dolor de estómago
     - náuseas y/o vómitos
     - ver puntos negros o halos
     - sensibilidad a la luz, al ruido y/o a los olores

La mayoría de las migrañas duran entre 30 minutos y varias horas, aunque algunas se pueden alargar hasta un par de días. Algunas personas que padecen migraña:

Simplemente no se encuentran bien. La luz, los olores o los sonidos les pueden molestar o hacerlas encontrarse peor. A veces, si intentan continuar con sus actividades cotidianas después de que se inicie la migraña, pueden tener náuseas y vómitos. A menudo el dolor se inicia solo en un lado de la cabeza. La actividad física puede empeorar el dolor.

Presentan auras, una especie de señal de aviso de que se avecina una migraña (generalmente de 10 a 30 minutos antes de que se inicie el episodio). Es posible que el aura sólo afecte a un ojo. Los síntomas más frecuentes del aura incluyen visión borrosa, ver puntos negros, líneas en zigzag, luces centelleantes u oler determinado olor.

Tienen la premonición de que van a padecer migraña de horas a días antes del episodio. Esto es algo distinto al aura y se puede asociar a antojos alimentarios, sed, irritabilidad o sensación de tener una gran energía.

Presentan debilidad muscular, pierden el sentido de la coordinación o tropiezan.

Lamentablemente, los padres de lactantes de pocos meses o de niños de uno o dos años no podrán saber si sus hijos padecen o no migrañas porque sus pequeños todavía nos saben describir sus dolores. Cuando a un niño pequeño o a un bebé le duele la cabeza, se puede ver inquieto, menos activo de lo normal, vomitando, pálido o sonrojado.

Hay variantes de la migraña que se cree que sólo se dan en la población infantil y que son precursores de las migrañas más propias de la etapa adulta. Éstas incluyen el vértigo paroxístico y los vómitos cíclicos.

El vértigo paroxístico se describe como una sensación de que todo gira o da vueltas a tu alrededor, como si se te fuera la cabeza repente, y que desaparece en cuestión de minutos. Los niños que lo experimentan pueden parecer asustados o inestables momentáneamente, como si tuvieran dificultades para andar. Estos vértigos suele desaparecer en torno a los 5 años de edad.

Los vómitos cíclicos también se dan en niños pequeños y consisten en episodios de vómitos recurrentes. Pueden durar horas o días y no se suelen asociar a dolor de cabeza. Este tipo de vómitos suele desaparece aproximadamente al principio de la adolescencia.

Cuándo llamar al pediatra

Cuando un niño tiene un fuerte dolor de cabeza, es fácil que sus padres se preocupen. De todos modos, tranquiliza saber que solo en contadas ocasiones el dolor de cabeza es síntoma de algo grave. No obstante, usted debería llevar a su hijo al pediatra si tiene dolores de cabeza inexplicables o recurrentes durante un breve período de tiempo y de forma regular.

     - Llame al pediatra si los dolores de cabeza de su hijo:
     - ocurren una vez al mes o con mayor asiduidad
     - no remiten con facilidad
     - son particularmente fuertes

Fíjese también en la posibilidad de que el dolor de cabeza vaya acompañado de otros síntomas, ya que esos síntomas podrían ayudar al pediatra a identificar su causa. Llame al pediatra si su hijo presenta cualquiera de los siguientes síntomas asociados al dolor de cabeza:

     - disminución del nivel de alerta
     - vómitos
     - dolor de cabeza al despertarse o que despierta al niño durante el sueño
     - dolor de cabeza consecuente a un traumatismo craneoencefálico o pérdida de la conciencia
     - dolor de cabeza acompañado de convulsiones
     - alteraciones de visión
     - sensación de hormigueo
     - debilidad
     - torpeza
     - erupción cutánea
     - dificultad para hablar o para ponerse o mantenerse de pie
     - dolor o rigidez de cuello y/o nuca
     - fiebre u otros síntomas de infección
     - tener que faltar a clase o no poder participar en las actividades cotidianas
     - cambios de personalidad
     - beber u orinar en exceso (más de lo habitual)

Diagnóstico

El pediatra practicará una exploración física a su hijo y le hará una buena anamnesis. Estos datos le ayudarán a averiguar qué podría estar provocándole los dolores de cabeza. Usted debería informar al pediatra de su hijo sobre los siguientes aspectos:

     - lo fuertes y frecuentes que son sus dolores de cabeza
     - cuándo empezó a tener dolores de cabeza
     - qué tipo de dolor siente y qué partes de la cabeza le duelen
     - si los dolores de cabeza suelen seguir la misma pauta o cambian a lo largo del tiempo
     - cualquier otro síntoma que presente su hijo asociado al dolor de cabeza
     - cualquier lesión que haya sufrido su hijo hace poco
     - cualquier cosa que le desencadene el dolor de cabeza
     - la dieta que sigue su hijo, sus hábitos, su patrón de sueño y qué parece aliviarle o empeorarle el dolor de cabeza
     - cualquier factor estresante que pueda estar afectando a su hijo
     - cualquier problema médico que haya padecido su hijo
     - cualquier medicación que esté tomando su hijo
     - cualquier alergia que padezca
     - si en la familia hay antecedentes médicos de dolor de cabeza

Para ayudar a esclarecer el problema, los pediatras suelen pedir a los padres (o directamente a sus pacientes, si se trata de niños mayores o adolescentes) que lleven un diario sobre sus dolores de cabeza, donde anotarán todos los episodios de dolor de cabeza que vayan teniendo, cuándo ocurren, cuánto duran y unas breves anotaciones sobre qué podría haberlos desencadenado.

Es posible que el pediatra practique a su hijo un reconocimiento neurológico completo, que implicará observarle el interior de los ojos y evaluar cómo le funcionan los nervios, para lo cual, pedirá al niño que haga cosas como andar y tocarse la nariz. Es posible que el pediatra también solicite un análisis de sangre o pruebas de diagnóstico por la imagen, como una TAC (tomografía axial computada) o una RM (resonancia magnética) del cerebro, para averiguar si el niño padece algún problema médico que podría estar provocándole los dolores de cabeza.

Cómo ayudar a su hijo

El tratamiento del dolor de cabeza de su hijo dependerá de lo que determine el pediatra sobre cuál podría ser su causa más probable. De todos modos, la mayoría de los dolores de cabeza se pueden tratar en casa con escasas intervenciones médicas.

Para ayudar a aliviar el dolor de cabeza de su hijo, pídale que:

     - Se acueste en una habitación fresca, oscura y silenciosa.
     - Se ponga un paño húmedo y fresco sobre la frente o los ojos.
     - Se relaje.
     - Respire profundamente.

Asegúrese de que su hijo ha comido y ha bebido. Los niños que tienen migraña es posible que solo tengan ganas de dormir y que se sientan mejor al despertarse. Una parte importante del tratamiento de la migraña consiste en evitar los factores que la desencadenan.

De ahí la importancia de llevar un diario, que permite identificar estos desencadenantes.

También puede darle a su hijo un analgésico de venta sin receta médica, como el paracetamol o el ibuprofeno. De todos modos, lea atentamente el prospecto para asegurarse de que le da la dosis correcta y a los intervalos correctos. Si tiene alguna duda sobre la dosis, consulte al pediatra del niño. Y, si su hijo tiene menos de 2 años o padece otros problemas médicos, llame al pediatra antes de administrarle ningún analgésico. Él le indicará si debe o no administrárselo y, en caso afirmativo, en qué cantidad (en función del peso y la edad del niño).

No dé nunca Aspirina (que contiene ácido acetilsalicílico) ni cualquier otro medicamento que contenga salicilatos a un niño, a no ser que se lo indique específicamente un médico o pediatra. Estos medicamentos pueden provocar el síndrome de Reye, una afección de riesgo vital.

Si su hijo padece un dolor de cabeza de tipo migrañoso y de carácter crónico, es posible que el pediatra le recete un medicamento para que se la tome cuando empiece el dolor o bien diariamente como medida preventiva. Para decidir si conviene o no medicar o su hijo, el pediatra tendrá en cuenta la frecuencia de las migrañas y sopesará los efectos beneficiosos de la medicación con sus posibles efectos secundarios.

Hable sobre el control del dolor con el pediatra, quien elaborará un programa de tratamiento, que es posible que contemple medidas de alivio del dolor que no impliquen la toma de medicamentos, como la relajación, las técnicas de control del estrés y la evitación de los desencadenantes.

La clave para aliviar los dolores de cabeza de su hijo consiste en hacer un atento seguimiento de sus episodios de dolor de cabeza y de sus síntomas y seguir las recomendaciones del pediatra.

Revisado por: Elana Pearl Ben-Joseph, MD
Fecha de revisión: abril de 2013


Catarro o Resfriado Común

Para entendernos enseguida, podemos decir que un catarro o resfriado es cada uno de los episodios de obstrucción nasal, aumento de mucosidad y tos que tenemos comúnmente en el período invernal y que le han valido a los niños pequeños el sobrenombre de "mocosos".

Dentro del catarro, llamado técnicamente "infección respiratoria alta" o "catarro de vías altas", se incluyen una variedad de síntomas que provienen de la inflamación de la mucosa respiratoria que va desde la nariz a los bronquios, y según el que más predomine -porque suelen estar mezclados- diremos que tenemos una rinitis (mucosidad nasal), una faringitis (dolor de garganta), una laringitis (tos ronca) o una bronquitis (tos y ruidos respiratorios). Los resfriados pueden ir acompañados de fiebre, y ésta se observa con más frecuencia cuanto menor sea la edad de quien los sufre.

Los resfriados son muy frecuentes y constituyen el motivo de consulta más habitual por el que los padres acuden con sus hijos al pediatra. Este tipo de infecciones respiratorias son por norma autolimitadas, es decir, que se curan solas en el plazo de unos pocos días y sin dejar secuelas.

¿Quién los produce y cómo se transmiten?

Los causantes de los catarros son casi exclusivamente los virus y se estima que están involucrados más de 200 tipos diferentes, predominando una familia de estos gérmenes conocida como los rinovirus.

La infección se transmite de un individuo infectado a otro sano a través de secreciones de las vías respiratorias (mocos) que se expulsan al aire mediante la tos o los estornudos, o por medio de objetos contaminados con estas secreciones. La puerta de entrada puede ser la boca, la nariz o la fina piel que recubre los ojos (conjuntiva). Está demostrado que las manos son un vehículo muy importante para la transmisión de las infecciones respiratorias. En el caso de los niños pequeños, la diseminación se ve facilitada al compartir objetos y juguetes que chupan, y por la propensión al contacto directo con las manos y la cara (y a veces los dientes).

¿Cuál es su curso más habitual?

Cuando hay fiebre, ésta no suele durar más de 3 días, los síntomas nasales y de garganta ceden en una semana, pero la tos es generalmente más persistente y no es raro que dure 2 ó 3 semanas.

La mucosidad nasal va cambiando también a lo largo del curso de la enfermedad: inicialmente es como "agüilla" que se escapa por la nariz, pero enseguida se va espesando convirtiéndose en mocos blanquecinos que luego se vuelven amarillos e incluso verdosos y de esta forma persisten unos días. Esto no es signo de complicación ni de necesidad de tratamiento antibiótico.

¿Por qué los niños se acatarran tanto?

Primero, porque tienen quien se los pase; es decir, están en contacto con otros niños (parque, guardería o colegio) y adultos acatarrados y que les transmiten los virus del resfriado.

Y segundo, porque "están verdes" inmunológicamente, de forma que su sistema de defensa "desconoce" a todos estos microbios y por eso resultan infectados con más facilidad.

Se estima, como promedio, que un adulto normal padece 1 ó 2 catarros anuales y un niño entre 5 y 6, aunque dependerá mucho del momento de la infancia en que se encuentre, con un pico de incidencia máxima en los primeros años de escolarización o de asistencia a guardería. Esta situación de susceptibilidad aumentada es transitoria, y al cabo de un par de malos años, el número de episodios anuales de catarro disminuye claramente. Es como si se tuviera que pasar forzosamente por esta etapa de catarro tras catarro en los primeros años de la vida, y esto lo corrobora el hecho de que los niños que han ido previamente a guardería, cuando luego llegan al colegio faltan menos a clase por enfermedad que sus compañeros más "novatos" en el mundo de los resfriados.

Es interesante aclarar que los niños no se acatarran por salir al patio del colegio (lo que comúnmente se dice como que "cogió frío"), sino que la transmisión del resfriado se produce con mucha más facilidad en los locales cerrados (el aula), pues el contacto es más estrecho y además, al haber menos ventilación, las toses y estornudos de los acatarrados cargan el ambiente de virus en suspensión, que inhalan los hasta entonces sanos.

¿Cómo se trata?

El objetivo primordial del tratamiento de un resfriado es aliviar sus síntomas, ya que no podemos atacar el origen, y además prevenir en lo posible o estar al tanto de la aparición de complicaciones, y todo ello teniendo muy presente la tendencia natural de estos procesos a la curación espontánea; o lo que es lo mismo, intentando evitar al máximo la provocación de efectos secundarios debidos o atribuibles al tratamiento empleado.

Una de las medidas más eficaces como alivio para el niño acatarrado es el lavado nasal con suero fisiológico. En el caso de los bebés es recomendable ayudarse de una perilla de goma para aspirar la mucosidad nasal en cualquier momento y especialmente antes de las tomas y de acostarlos. El empleo de medicamentos, exceptuando los analgésicos-antitérmicos (paracetamol, ibuprofeno, etc.) en el caso de que haya fiebre o malestar, no produce efectos destacables como para recomendar su uso de forma generalizada.

Es importante saber que el tratamiento de un catarro con antibióticos no acorta su duración ni disminuye la probabilidad de complicaciones, y por ende favorece el desarrollo de resistencias a estos medicamentos entre los gérmenes.

¿Pueden evitarse?

Hoy por hoy no hay una vacuna eficaz contra el resfriado de forma global, pues, como ya se comentó, son muchísimos los microbios capaces de dar lugar a este cuadro clínico. Hay sin embargo una "solución parcial" como es la vacunación anual contra la gripe, pero teniendo bien claro que quien la recibe sólo queda protegido contra el virus concreto de la gripe (virus influenza A y B) y no frente al resto de los posibles causantes de cuadros catarrales. Hay quien recomienda, por tanto, la vacunación antigripal de los más pequeños (de al menos 6 meses) si van a guardería.

Otra estrategia preventiva, más difícil de llevar a cabo, es la evitación de la exposición a personas acatarradas. De todas formas, no nos cansaremos de repetir que el lavado de manos frecuente es uno de los mejores hábitos para evitar la transmisión de enfermedades infecciosas.

Mi hijo está acatarrado, ¿cuándo debo llevarlo al pediatra?

Los catarros que no se complican se curan solos y no necesitan tratamiento con medicinas. La vigilancia de los padres debe dirigirse a la detección de posibles complicaciones. Éstas son producidas sobre todo por bacterias, como otitis, sinusitis, conjuntivitis purulenta o neumonía. La persistencia de fiebre más de 3 días, el dolor de oídos, la dificultad para respirar, la persistencia de más de 10 días de mucosidad nasal espesa de color amarillo o verdoso, o el decaimiento, deben ser considerados síntomas de alarma y por lo tanto deben consultarse con el pediatra. En otras ocasiones será directamente su sentido común o el deseo de resolver una duda, quienes le aconsejen consultar con los profesionales sanitarios.

Fuente: En Familia