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La Tosferina.

 Los primeros 3-4 meses de vida son el período de mayor riesgo de mortalidad por tosferina, dado que hay una mayor probabilidad de desarrollar complicaciones de la enfermedad, fundamentalmente porque la primera dosis de la vacuna se administra a los 2 meses de vida. En Estados Unidos, el 80 % de las muertes se produce en lactantes menores de 3 meses.

¿Cómo puedo proteger a mi bebé hasta que reciba la primera dosis de la vacuna?
La vacunación es la principal medida preventiva para evitar la tosferina. La vacunación de la embarazada, a partir de la semana 27 de gestación, ha demostrado ser la forma más efectiva de proteger al recién nacido, porque la transmisión al feto de anticuerpos (defensas) durante el embarazo, a través de la placenta, le protegerá hasta las primeras dosis de la vacuna que se administran a los 2 y 4 meses de edad.
Se trata de una forma de inmunización que ofrece una doble protección, a la madre y al recién nacido.


¿Qué medidas preventivas se pueden tomar si no se ha vacunado la madre?

Diferentes estudios han demostrado que hasta en el 83 % de los casos la fuente de infección o caso primario de la tosferina en el lactante es una persona que convive en el mismo domicilio, generalmente un miembro de la familia. Por este motivo, tanto si la madre ha recibido la vacuna en las últimas semanas de gestación (la opción más recomendada), como si no lo ha hecho, es aconsejable la vacunación del entorno del bebé, es decir, de todas las personas que tienen contacto con el lactante (padres, hermanos, abuelos...), para que esté protegido hasta que reciba las primeras dosis de la vacuna. Los expertos lo denominan la estrategia del nido y se calcula que puede reducir hasta el 70 % los casos de tosferina en lactantes menores de 3 meses. Para que esta estrategia sea efectiva, la vacunación de los miembros de la familia debe comenzar, al menos, 2 semanas antes del nacimiento del bebé. Países como Australia, Alemania, Francia, Canadá, Suiza y Estados Unidos tienen implementada esta estrategia en sus programas para el control de la tosferina.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), recomienda la vacunación del personal sanitario en contacto con lactantes, en especial en maternidades y unidades pediátricas.

¿Cómo afecta la enfermedad a los niños?

La tosferina ataca generalmente a niños y jóvenes, aunque también puede afectar a bebés. De hecho, los menores de 3-4 meses son el grupo más vulnerable, con mayores complicaciones y mortalidad. En España, el 40 % de los afectados son niños menores de un año. Los bebés y los niños pequeños tienen más probabilidades de ser hospitalizados porque tienen más riesgo de desarrollar complicaciones. De hecho, el 70 % de los niños menores de 12 meses necesitan ser hospitalizado cuando contraen la enfermedad y casi todos los menores de 3 meses. Debido a las complicaciones, se estima que cada año fallecen en España en torno a 15 bebés por tosferina, una cifra similar a la de otros países de nuestro entorno.

Importancia de seguir el calendario de vacunaciones

Cuando se vacuna a un niño, no solo se le protege a él, sino que a la vez se está impidiendo que el agente que causa la enfermedad circule en el ambiente, por lo que también se protege a las personas no vacunadas que le rodean. En este sentido, es importante que los padres no olviden la importancia de seguir el calendario de vacunación, pues de ese modo los niños estarán protegidos contra las enfermedades infecciosas, que pueden conllevar complicaciones graves o secuelas y provocar incluso la muerte.

Fuente: En Familia


Infección del tracto urinario

Las infecciones del tracto urinario son frecuentes en la población infantil. En torno a los 5 años, aproximadamente el 8% de las niñas y entre el 1% y el 2% de los niños han padecido por lo menos una. En los niños mayores, este tipo de infecciones cursan con síntomas evidentes como ardor, molestias o dolor al orinar. En los lactantes y niños pequeños, este tipo de infecciones puede ser más difícil de detectar porque los síntomas son menos específicos. De hecho, muchas veces la fiebre es el único síntoma detectable.

La mayoría de estas infecciones están provocadas por bacterias. El tracto urinario está compuesto por los riñones, los uréteres, la vejiga urinaria y la uretra, y cada una de estas partes desempeña una función específica en el proceso de eliminación de los productos de desecho líquidos del cuerpo. Los riñones filtran la sangre y producen la orina; los uréteres llevan la orina de los riñones a la vejiga; y la vejiga almacena la orina hasta que es eliminada del cuerpo a través de la uretra.

La infección puede afectar a cualquier parte del tracto urinario, aunque la parte baja -compuesta por la uretra y la vejiga- suele ser la más afectada. Entonces la infección se denomina cistitis. Cuando la infección se extiende hacia partes más altas del tracto urinario, ascendiendo por los uréteres hasta los riñones, se denomina pielonefritis y generalmente es más grave.

A pesar de que las bacterias no suelen estar presentes en la orina, pueden entrar fácilmente en el tracto urinario desde la piel que rodea el ano (la bacteria intestinal E. coli es la causa más frecuente de las infecciones urinarias). Muchas otras bacterias y algunos virus también pueden provocar este tipo de infecciones.
En contadas ocasiones, las bacterias pueden llegar hasta la vejiga o los riñones a través de la sangre.

Las infecciones del tracto urinario son mucho más frecuentes en las niñas que en los niños, sobre todo durante la etapa en que están aprendiendo a usar el váter, porque en las niñas la uretra es más corta y está más cerca del ano. Los niños menores de 1 año no circuncidados (es decir, a quienes no se les ha extirpado el prepucio del pene) también tienen un riesgo ligeramente más alto de desarrollar este tipo de infecciones. Otros factores de riesgo que incrementan las probabilidades de que un niño desarrolle este tipo de infecciones incluyen:

     - una anomalía en la estructura o función del tracto urinario (por ejemplo, una malformación renal o una obstrucción en algún punto de las vías urinarias)

     - un reflujo anómalo de la orina, que fluye hacia atrás de la vejiga a los uréteres. Este trastorno, denominado reflujo vesicoureteral, está presente desde el nacimiento y lo padecen entre el 30% y el 50% de los niños con infecciones del tracto urinario.

     - hábitos higiénicos y de uso del váter inadecuados

     - el uso de baños de burbujas o jabones que irritan la uretra.

Las infecciones del tracto urinario son fáciles de tratar, pero es importante diagnosticarlas pronto. Una infección no diagnosticada o no tratada puede provocar lesiones renales, sobre todo en niños de menos de 6 años.

Signos y síntomas

Los signos y síntomas de las infecciones del tracto urinario varían en función de la edad del niño y de la parte del tracto urinario afectada. En los lactantes y niños pequeños, los síntomas pueden ser muy generales. El niño puede parecer irritable, perder el apetito o vomitar. A veces el único síntoma es una fiebre aparentemente inexplicable y persistente.

En los niños de más edad y en los adultos, los signos y síntomas pueden indicar qué parte del tracto urinario está infectada. En una infección de vejiga, el niño puede tener:

     - dolor y sensación de ardor o quemazón al orinar
     - mayor urgencia para orinar o micción más frecuente (a pesar de que en muchas ocasiones se elimina muy poca orina en cada micción)
     - fiebre (aunque no siempre está presente)
     - necesidad de levantarse frecuentemente por la noche para orinar· percances nocturnos consistentes en mojar la cama, aunque el niño ya haya aprendido a usar el váter
     - dolor o molestias en la zona lumbar u abdominal, en el área de la vejiga (generalmente debajo del ombligo)
     - orina maloliente que puede tener un aspecto turbio o contener sangre.

Muchos de estos síntomas también están presentes en las infecciones de riñón, pero en estas últimas los niños a menudo parecen más enfermos y es más probable que cursen con fiebre acompañada de tiriteras, dolor en el costado o la espalda, fatiga intensa o vómitos.

Contagio

Las infecciones del tracto urinario de origen bacteriano no son contagiosas.

Prevención

En los lactantes y niños de entre 1 y 3 años, el hecho de cambiarles frecuentemente los pañales puede ayudar a prevenir la proliferación de las bacterias que provocan las infecciones del tracto urinario. Cuando los niños empiezan a utilizar el váter y a limpiarse solos, es importante enseñarles buenos hábitos higiénicos. A las niñas se les debe enseñar que, después de cada deposición, deben limpiarse con el papel higiénico de delante hacia atrás -no de atrás hacia delante- para impedir que los gérmenes procedentes del recto entren en la uretra. A los niños se les debe enseñar a no aguantarse las ganas de orinar porque la orina que permanece en la vejiga proporciona a las bacterias un campo de cultivo idóneo para proliferar.

Las niñas en edad escolar deberían evitar los baños de burbujas y los jabones fuertes e irritantes, y también deberían llevar ropa interior de algodón en vez de braguitas de nylon, porque el algodón no favorece tanto la proliferación bacteriana. Otras formas de reducir el riesgo de infecciones del tracto urinario incluyen beber suficiente líquido y evitar la cafeína, que se ha descrito que irrita la vejiga.

Todo niño a quien le hayan diagnosticado reflujo vesicoureteral deberá seguir el programa de medidas diseñado por el pediatra como prevención de las infecciones del tracto urinario recurrentes.

Duración

La mayoría de las infecciones del tracto urinario se curan en el plazo de una semana con el tratamiento médico adecuado. Las recaídas son frecuentes en los niños que nacen con ciertas anomalías en el tracto urinario, los niños que tienen problemas para vaciar la vejiga (como los que nacen con espina bífida) o los que tienen unos hábitos higiénicos y de uso del váter inadecuados.

Diagnóstico

Tras explorar a su hijo y preguntarle sobre los síntomas que presenta, es posible que el pediatra recoja una muestra de orina para determinar si contiene bacterias e identificar qué bacterias en concreto están provocando la infección. La forma de recoger la muestra dependerá de la edad del niño. En niños mayores, bastará con pedirles que orinen en un recipiente estéril. A los niños más pequeños que todavía lleven pañales habrá que colocarles una bolsa de plástico fijada con cinta adhesiva sobre los genitales para recoger la orina. De todos modos, con este método la orina que entre en contacto con la piel puede contaminarse con las mismas bacterias que están provocando la infección, por lo que se suele preferir utilizar un catéter. En estos casos, se introduce un tubito en la uretra hacia la vejiga para obtener una muestra de orina "limpia".

La muestra de orina se puede utilizar para hacer un análisis de orina (una prueba de evalúa la orina a nivel microscópico en busca de gérmenes o pus) o a un cultivo de orina (en que se deja que proliferen las bacterias en el laboratorio para poderlas identificar). El hecho de saber qué bacterias en concreto han provocado la infección puede ayudar al pediatra a elegir la mejor medicación para tratarla.
La mayoría de los niños que contraen una infección del tracto urinario se recuperan sin problemas, pero en algunos de ellos -especialmente los que eran muy pequeños cuando contrajeron la primera infección o los que contraen infecciones recurrentes- puede ser necesario practicarles pruebas adicionales para descartar posibles anomalías del tracto urinario. Si el pediatra de su hijo sospecha alguna anomalía, probablemente solicitará algunas pruebas especiales, como una ecografía de los riñones y de la vejiga o una radiografía realizada durante la micción (denominada cistouretrografía de evacuación). Estas pruebas, así como otras pruebas de diagnóstico por la imagen, permiten detectar problemas en la estructura o función del tracto urinario. También es posible que remitan a su hijo a un urólogo (un médico especializado en el tracto urinario).

Tratamiento

Las infecciones del tracto urinario se tratan con antibióticos. El tipo de antibiótico utilizado y la duración del tratamiento dependerán del tipo de bacterias que han provocado la infección y de lo grave que sea esta. Tras varios días de tratamiento antibiótico, es posible que el pediatra repita los análisis y/o cultivos de orina para confirmar que ya no hay infección. Es importante asegurarse de que ha desaparecido la infección porque una infección urinaria tratada de forma incompleta puede recurrir o extenderse a otras áreas.

Si su hijo experimenta mucho dolor al orinar, es posible que el pediatra le recete también una medicación que duerme o desensibiliza la mucosa que recubre el interior de las vías urinarias. Esta medicación tiñe temporalmente la orina de color naranja, pero no se preocupe -el color no tiene ninguna importancia.

Adminístrele los antibióticos a su hijo siguiendo al pie de la letra las indicaciones del pediatra y durante la cantidad de días que él le indique. Haga un seguimiento de la frecuencia con que orina su hijo y pregúntele sobre síntomas como dolor, escozor o quemazón durante la micción. Estos síntomas deberían mejorar durante los primeros 2 a 3 días de tratamiento.

Póngale el termómetro a su hijo una vez por la mañana y otra por la tarde y llame al pediatra si tiene más de 38º C o, en caso de ser un lactante, más de 37,8º C por vía rectal. Insita a su hijo para que beba abundante líquido, pero evite darle bebidas que contengan cafeína, como los refrescos de cola o el té con hielo.

Los niños con cistitis simple se suelen tratar en casa con antibióticos administrados por vía oral. De todos modos, los niños con una infección más grave pueden requerir tratamiento hospitalario a base de antibióticos inyectados o administrados por vía intravenosa. Un niño deberá ser hospitalizado debido a una infección del tracto urinario si:

     - tiene fiebre alta, parece muy enfermo o es probable que la infección haya afectado al riñón
     - se trata de un lactante que todavía no ha cumplido los 6 meses
     - las bacterias procedentes del tracto urinario se pueden haber extendido a la sangre
     - está deshidratado (tiene un nivel de fluidos corporales inferior al normal) o está vomitando y no puede ingerir líquidos o medicamentos por boca.

Los niños diagnosticados con reflujo vesicoureteral, deben ser objeto de un atento seguimiento por parte del pediatra. Aunque muchos niños acaban superando el reflujo vesicoureteral con la edad, el tratamiento de esta afección sigue siendo necesario para reducir el riesgo de infecciones urinarias recurrentes y prevenir posibles lesiones renales a largo plazo. El tratamiento puede incluir medicamentos o, menos habitualmente, procedimientos quirúrgicos.

Cuándo llamar al pediatra

Llame inmediatamente al pediatra si su hijo tiene una fiebre inexplicable acompañada de escalofríos, sobre todo si también se asocia a dolor de espalda o cualquier tipo de molestia durante la micción.

Llame también al pediatra si su hijo presenta cualquiera de los siguientes síntomas:

     - orina más frecuentemente de lo habitual u orina frecuentemente por la noche
     - su orina es maloliente, sanguinolenta o descolorida
     - tiene dolor lumbar o abdominal (especialmente debajo del ombligo)
     - todavía es un lactante y tiene una fiebre de 37,8º C o superior (por vía rectal); o es un niño y tiene más de 38º C de fiebre.

Si su hijo es todavía un lactante, llame al pediatra si tiene fiebre, pierde el apetito, vomita repetidamente o parece más irritable de lo habitual.

Fuente: KidsHealt
Revisado por: T. Ernesto Figueroa, MD
Fecha de la revisión: enero de 2012


Hernia umbilical.


      La Hernia umbilical en el bebé ¿Es grave la hernia umbilical en los bebés? ¿Hay que operar la hernia umbilical del bebé?

     Cuando los padres observan que el bebé tiene un bulto que le sale del ombligo, lo más probable es que se trate de una hernia umbilical, uno de cada diez recién nacidos, según los datos de la Asociación Española de Pediatría.

     La hernia umbilical se suele ver inmediatamente o a las pocas semanas de nacer. Tiene su origen en el cordón umbilical.

El cordón umbilical es la unión entre el feto y la madre durante el embarazo y es por donde pasan los vasos sanguíneos que transportan los alimentos  y el oxígeno que el feto necesita para su crecimiento y desarrollo.

     Después del nacimiento, los músculos de la pared abdominal del bebé, que rodean el cordón umbilical, se van uniendo hasta cerrar el paso por completo. Cuando esta unión muscular no se produce, los intestinos pueden pasar libremente desde la cavidad abdominal hacia afuera, a través del ombligo, dando lugar a la llamada hernia umbilical.


     La hernia umbilical se manifiesta como un bulto en el abdomen en el área umbilical. Este bulto o hernia suele aumentar de tamaño con el esfuerzo, cuando el bebé llora o tose, debido a que el aumento de presión dentro del abdomen impulsa los intestinos de dentro de la cavidad abdominal hacia fuera introduciéndose en el saco de la hernia.

¿QUÉ SÍNTOMAS PUEDE TENER EL BEBÉ CON UNA HERNIA UMBILICAL?

Muchos padres creen que el niño llora porque le duele. Esto no es así pues las hernias umbilicales no producen nunca dolor y no representan ningún riesgo para el bebé. El único síntoma es el bulto que los papás y demás familiares ven y comentan.

¿CÓMO SE TRATAN LAS HERNIAS UMBILICALES?

     La mayoría se cierran espontáneamente, antes de los 4 años de edad, sin ningún tipo de tratamiento. Solo un pequeño porcentaje de ellas persiste.

Es entonces cuando el pediatra decide si debe remitirlo al Cirujano Infantil para su cierre con cirugía con una intervención sencilla.

En el caso de las niñas la persistencia de la hernia siempre será una indicación quirúrgica debido a que la hernia puede aumentar y dar complicaciones en sus posibles futuros embarazos.

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Hepatitis.

 Significa inflamación del hígado. Este órgano, situado debajo del pulmón derecho y protegido por las costillas, hace las funciones de laboratorio central del cuerpo, centro depurador de muchas sustancias y fabricante de otras, como factores de la coagulación, y también es pieza fundamental en la digestión de los alimentos (fabricación de la bilis) y especialmente en su asimilación por el organismo, pues todo lo que se absorbe en el intestino, pasa primeramente por el hígado para ser allí tratado.

La inflamación trae como consecuencia que el hígado no pueda realizar a pleno rendimiento sus muchas tareas y esto puede provocar síntomas, que dependerán del grado y tipo de inflamación, aunque no son raras las formas asintomáticas y que sólo se detectan accidentalmente por un análisis de sangre.

En función de la duración de la enfermedad se clasifican en agudas, si duran menos de 6 meses y crónicas, si persisten al cabo de un semestre.

Con gran diferencia, la causa más frecuente de las hepatitis en los niños es infecciosa, es decir, provocada por microbios y, dentro de éstos, los virus se llevan la palma. Gran número de estos gérmenes pueden dar lugar a alteraciones hepáticas transitorias y sin ninguna importancia, durante las infecciones que nos producen y que se manifiestan con síntomas de otro origen, como respiratorios o gastrointestinales, pero los productores más característicos de hepatitis son los llamados virus A, virus B y virus C.

·         La hepatitis A ha sido tradicionalmente en España la hepatitis más frecuente en chavales y adolescentes. Se transmite mediante la ingestión del virus procedente de las heces de otra persona que está infectada (transmisión fecal-oral) y cuando produce síntomas, pues es frecuente pasar la infección sin dar ninguna señal, especialmente en los más pequeños, provoca la clásica ictericia (color amarillo de la piel), con deposiciones pálidas y orinas oscuras, dolor de vientre en la zona del hígado y fiebre. Salvo algunos casos, afortunadamente poco comunes, la enfermedad cura completamente al cabo de una larga temporada (semanas) y no deja ninguna secuela. En la actualidad ha disminuido notablemente la detección de casos de hepatitis A en España, debido fundamentalmente a la mejoría de las condiciones socio-sanitarias e higiénicas de nuestro país.

·         La hepatitis B es un problema muy diferente. Es fundamentalmente una enfermedad de transmisión sexual (venérea), aunque se puede transmitir de madre a hijo en el embarazo o el parto, y también por contacto sangre-sangre. Los síntomas que produce suelen ser menos aparatosos que los de la enfermedad provocada por el virus A, pasando a veces desapercibida, pero, y aquí está lo importante, el virus B tiene tendencia a permanecer dentro del organismo (10%) dando lugar en ocasiones a alteraciones del hígado persistentes (hepatitis crónica) y favoreciendo la aparición de cáncer de hígado. Además, las personas portadoras del virus, aún no teniendo hepatitis en ese momento, son una fuente de contagio para los demás.

·         La hepatitis C se transmite principalmente por contacto sangre-sangre (transfusiones sanguíneas o por compartir jeringuillas entre adictos a drogas administradas por vía intravenosa), pero sólo raramente por vía sexual o por transmisión de madre al feto. No obstante, en la mayor parte de los casos de niños y adolescentes con hepatitis C, no se puede identificar cuál ha sido la forma de contagio. Este tipo de hepatitis vírica se suele hacer crónica (50%), siguiendo frecuentemente un curso en forma de brotes o reactivaciones sucesivas.
·         Otras menos habituales, especialmente en los niños, son la hepatitis D (o delta), de transmisión sanguínea y que sólo afecta a los que ya sufren una hepatitis por virus B, agravando su evolución, y la hepatitis E, que se contagia como la provocada por el virus A (vía fecal-oral) y que no suele cronificarse.

Fuera de las causas infecciosas, es conveniente tener presente que el hígado puede también resultar inflamado por determinados fármacos (hepatitis medicamentosas) o por sustancias como el alcohol (hepatitis tóxicas).

¿Cómo se detecta?

Los síntomas clásicos son: fiebre, ictericia (con orina oscura y heces pálidas), náuseas, dolor abdominal, malestar e inapetencia, a veces también dolores en las articulaciones e incluso erupción en la piel. Pero estas manifestaciones no siempre están presentes, pues, como se comentó, no son raras las formas con pocos síntomas (o ninguno aparente), especialmente en los niños pequeños.

El médico podrá detectar, palpando el abdomen del niño, el posible aumento del tamaño del hígado (hepatomegalia) y a veces también del bazo (esplenomegalia).
La confirmación de si se tiene o no una hepatitis, se realiza por medio del análisis de las transaminasas. Éstas son unas sustancias que cuando aumentan en la sangre por encima de ciertos niveles, indican inflamación activa del hígado, es decir hepatitis, aunque no aclaran la causa.

Para investigar el origen de la enfermedad, en ocasiones habrá que hacer pruebas serológicas (determinación de anticuerpos en sangre) y/o de otros tipos

¿Cómo se trata?

Las hepatitis infecciosas producidas por virus (A, B, C, etc.) no tienen un tratamiento específico eficaz. Los niños se curan "cuando les toca curar". No es preciso, como antaño se recomendaba, mantener reposo en cama durante la enfermedad; será el propio niño o adolescente quien fije, en función de la intensidad de su decaimiento, su grado de actividad. Deben evitarse sustancias que podrían dañar a un hígado inflamado, como ciertos medicamentos (paracetamol) y sustancias como el alcohol, en los adolescentes y adultos. No es tampoco necesario llevar ningún tipo de dieta estricta, y es que además es frecuente la inapetencia, sobre todo al principio de la enfermedad.

¿Cómo prevenirla?

El mejor método para la prevención de la hepatitis A es un adecuado control sanitario (fuentes del agua para consumo y preparación de los alimentos) y la higiene (especialmente el lavado de manos después de cambiar a los niños pequeños en guarderías y escuelas infantiles). Existe una vacuna eficaz comercializada en nuestro país, pero por el momento sólo se indica en casos especiales, como contactos domiciliarios de enfermos, enfermos crónicos del hígado, viajeros a zonas endémicas (niños inmigrantes que vuelven de vacaciones a sus países de origen), etc., si bien en Cataluña, como excepción, se administra de forma rutinaria a todos los adolescentes, junto con la vacuna contra la hepatitis B.

La vacunación universal contra la hepatitis B, implantada desde hace algunos años en España en los lactantes y/o adolescentes, está provocando una disminución drástica en la aparición de nuevos casos. Otra medida de control, implantada también en nuestro territorio, es realizar análisis en el embarazado para detectar a las madres portadoras del virus B y, en este caso, reforzar el tratamiento preventivo del recién nacido administrándole gammaglobulina específica, además de la vacuna.

En el caso de la hepatitis C, no existe por el momento una vacuna eficaz. Las medidas preventivas se circunscriben a evitar el posible contagio, por medio del control de los productos sanguíneos empleados en las transfusiones (como también en los casos de la hepatitis B y el sida) y en recomendar, en los adultos, no compartir nunca jeringas y practicar "sexo seguro". 

¿Cuándo puede ir su hijo a la guardería o al colegio?

Los niños afectados de hepatitis A y con más razón los que necesiten pañales, no deben acudir a la guardería o la escuela hasta una semana después del inicio de la enfermedad, y además se deberá informar rápidamente del diagnóstico, para que se pueda valorar la necesidad de medidas preventivas complementarias para otros niños asistentes al centro y para los cuidadores adultos.

En el caso de las hepatitis B y C, no debe establecerse ningún límite en el acceso a colegios y guarderías, salvo casos excepcionales (conducta anormalmente agresiva -por peligro de mordeduras-, heridas sangrantes, etc.).

Las hepatitis no infecciosas (tóxicas, medicamentosas, etc.) no resultan contagiosas y no precisan, por tanto, de medidas de control relacionadas con la asistencia escuela o el contacto con otras personas.

Fuente: En Familia


Estrabismo


     Es normal que los ojos de un recién nacido se desvíen o se crucen ocasionalmente durante los primeros meses de vida. Pero cuando un bebé tiene entre 4 y 6 meses, por lo general los ojos se enderezan. Si un ojo o ambos siguen desviándose hacia adentro, afuera, arriba o abajo, incluso de manera intermitente, probablemente se deba a una afección denominada estrabismo.

     Si se detecta temprano, el estrabismo es curable mediante una variedad de opciones seguras y efectivas de tratamiento. Pero es importante que los niños sean tratados temprano. Esperar demasiado o pasar por alto por completo el tratamiento puede producir la pérdida permanente de la visión.

Acerca del estrabismo

     El estrabismo es la desalineación o el desvío de uno o ambos ojos hacia adentro (denominado esotropía), hacia afuera (denominado exotropía), hacia arriba (hipertropia) o hacia abajo (hipotropia). La afección puede ser constante o los padres pueden notarla solo ocasionalmente, por ejemplo, cuando el niño está cansado o mirando algo muy de cerca.

     El estrabismo puede estar presente en el nacimiento o desarrollarse en la infancia. En la mayoría de los casos, se desconoce la causa, aunque los niños con antecedentes familiares de estrabismo tienen un mayor riesgo de padecerlo.

     La mayoría de los niños son diagnosticados cuando tienen entre 1 y 4 años de edad. Muy pocas veces un niño puede desarrollar estrabismo por primera vez después de los 6 años de edad. Si esto sucede, es importante que se comunique inmediatamente con su médico, quien luego derivará a su hijo a un oftalmólogo pediatra y posiblemente a un neurólogo para que descarte toda afección subyacente que pueda estar causando el problema.

Cómo afecta la visión

     Cuando los ojos están desalineados, el ojo que está recto o más recto se vuelve dominante. La capacidad de visión (agudeza) del ojo recto permanece normal porque el ojo y su conexión con el cerebro están funcionando como deben. Sin embargo, el ojo desalineado o más débil no enfoca de manera adecuada y su conexión con el cerebro no se forma correctamente.

     Si el estrabismo no se trata, el cerebro eventualmente suprimirá o ignorará la imagen del ojo más débil, lo que causará ambliopía (u "ojo perezoso", cuando un ojo no puede enfocarse en detalles) o pérdida permanente de la visión. La desalineación del ojo por mucho tiempo también puede afectar el desarrollo de la percepción de profundidad (estereopsis) o la capacidad de ver en tres dimensiones.

Signos y síntomas

     La mayoría de los niños con estrabismo no se queja de problemas oculares. Por lo general, es un miembro de la familia o una maestra quien nota una desalineación de los ojos.

Es posible que algunos niños se quejen de visión doble (ver dos objetos cuando hay solo uno a la vista) o tengan problemas para ver cosas en general. Los niños más pequeños que aun no pueden expresar verbalmente sus problemas de visión pueden bizquear con frecuencia y girar o inclinar la cabeza para ver con más claridad.
Si su hijo tiene alguno de estos signos o síntomas, informe a su médico. Si es necesario, el médico puede derivarlo a un oftalmólogo pediatra para la evaluación y el tratamiento adecuados.

Tratamiento

     El tratamiento del estrabismo depende de la causa subyacente y la gravedad de la desalineación del ojo. Por lo general la afección se corrige con anteojos o con cirugía del músculo ocular. En algunos casos, el uso de un parche o gotas para los ojos también puede ser útil.

     La hipermetropía (hiperopía), miopía o el astigmatismo (una forma de visión borrosa) pueden en ocasiones causar ojos cruzados en niños muy pequeños. Estos niños pueden beneficiarse si usan anteojos.

     A un niño que tiene ambliopía y también estrabismo es posible que se le receten parches oculares para usar sobre el ojo recto o no afectado. Estos parches bloquean toda la luz y obligan al ojo desalineado o más débil a hacer el trabajo de "ver". Con el tiempo, el uso constante del parche puede fortalecer la visión en el ojo más débil. En ocasiones puede ayudar a fortalecer el músculo del ojo más débil y recuperar la alineación adecuada.

     Generalmente, los niños deben usar el parche entre 2 y 3 horas por día cuando están despiertos durante varios meses o años, según la gravedad de la afección. En casos más extremos, los parches se deben usar hasta 6 horas o más todos los días.

     Para los padres de bebés y niños pequeños con estrabismo, puede ser todo un desafío lograr el uso de un parche ocular. Pero luego del período inicial de ajuste, la mayoría de los niños se adaptan bien y el parche se vuelve simplemente parte de su rutina diaria, como cepillarse los dientes.

     Sin embargo, es ocasiones el niño se rehusará a usar un parche ocular pese a los mejores esfuerzos de los padres. En estos casos, se pueden usar gotas de atropina en su lugar. De la misma manera que un parche ocular bloquea la visión en el ojo recto o no afectado, las gotas de atropina harán que el ojo recto tenga visión borrosa a transitoria, lo que obligará al ojo desalineado a trabajar más.

Si no se logra la alineación adecuada con anteojos o parche o gotas de atropina, se puede recomendar cirugía del músculo ocular. La cirugía consiste en aflojar o ajustar los músculos que causan el desvío del ojo. Si bien es una medida invasiva, la cirugía se considera segura y efectiva y por lo general no requiere hospitalización.

Perspectivas

     La corrección del estrabismo infantil depende no solo de la gravedad de la afección, sino también de la rapidez con la que se haya detectado y tratado.

     Los niños alcanzan la madurez visual completa alrededor de los 8 años de edad. Durante estos primeros años de desarrollo se forman las conexiones vitales entre los ojos y el cerebro. Por lo que la intervención temprana es fundamental. Mientras antes se diagnostique y trate el estrabismo, más serán las posibilidades del niño de tener los ojos rectos y desarrollar una buena visión y la percepción de profundidad adecuada. Sin embargo, los estudios demuestran que los niños más grandes y adolescentes e incluso muchos adultos con estrabismo igual podrían beneficiarse del tratamiento.

     Tampoco se debe pasar por alto el aspecto social del estrabismo. Unos ojos correctamente alineados son importantes para una imagen propia saludable y buenas relaciones interpersonales en niños y en adultos.

     Afortunadamente, cuando el estrabismo se reconoce y se trata de manera efectiva, se puede curar y así evitar la pérdida permanente de la visión.

Revisado por: Jonathan H. Salvin, MD
Fecha de revisión: octubre de 2013


El acné.

       Si eres casi un adolescente, es muy posible que tengas un poco de acné. Aproximadamente ocho de cada 10 preadolescentes y adolescentes tienen acné, al igual que muchos adultos. De hecho, casi 17 millones de personas en los Estados Unidos tienen acné. El acné es algo tan común, que tenerlo se considera parte normal de la pubertad.
¡Pero el solo hecho de saber esto no sirve cuando al mirarte en el espejo descubres un enorme grano en el mentón! La buena noticia es que informarte sobre el acné y tomar algunas medidas sencillas al respecto puede ayudarte a sentirte mejor.
¿Qué es el acné?

El acné es un trastorno de la piel que se manifiesta mediante diferentes tipos de protuberancias. Éstas incluyen puntos blancos, espinillas, granos y quistes. ¿Qué causa estas molestas protuberancias? La piel está cubierta por pequeños agujeritos llamados folículos pilosos o poros. Los poros contienen glándulas sebáceas (llamadas también glándulas aceitosas) que producen sebo, un aceite que humedece el cabello y la piel.
La mayoría de las veces, estas glándulas producen la cantidad adecuada de sebo y los poros están bien. Pero, a veces, una gran cantidad de sebo, células muertas de la piel y gérmenes llamados bacterias obstruyen los poros, lo cual puede causar acné.
Cuando un poro está obstruido, se cierra y sobresale de la superficie de la piel formando un punto blanco. Si un poro está obstruido pero permanece abierto, la capa superior puede oscurecerse y se produce una espinilla. A veces, las paredes de los poros se quiebran, permitiendo que el sebo, las bacterias y las células muertas de la piel se abran paso por debajo de la piel. Esto produce una pequeña infección de color rojo llamada grano. Los poros obstruidos que se abren a un nivel profundo de la piel pueden provocar infecciones más grandes que reciben el nombre de quistes.

¿Por qué les sale acné a tantos niños?
A muchos niños y adolescentes les sale un tipo de acné que se llama acne vulgaris. Generalmente, aparece en la cara, el cuello, los hombros, la parte superior de la espalda y el pecho. A los adolescentes y niños les sale acné debido al cambio hormonal que ocurre durante la pubertad. A medida que creces y tu cuerpo comienza a desarrollarse, estas hormonas estimulan las glándulas sebáceas para que produzcan más sebo y la actividad de estas glándulas puede ser demasiado intensa. Cuando hay una gran cantidad de sebo, ese aceite obstruye los poros y produce acné.
No importa lo que hayas oído, el acné no aparece por comer comidas grasosas como papas fritas o pizza, ser adicto al chocolate o beber gaseosas. Usar maquillaje tampoco es una de las causas del acné, especialmente si la etiqueta del maquillaje dice "no contiene aceite", "no comedogénico" (lo que significa que no obstruirá los poros), o "no produce acné".
Si tus padres tuvieron acné en la adolescencia, es probable que también tú lo tengas. El estrés puede empeorar el acné ya que cuando estás estresado, tus poros pueden producir más sebo. Afortunadamente, el acné mejora en la mayoría de las personas a partir de los 20 años.
¿Qué puedo hacer para controlar el acné?
Si te preocupa el acné, hay varias medidas que puedes poner en práctica para evitar esos granos:
·         Como ayuda para la acumulación de grasa que puede provocar acné, lávate la cara dos veces al día con agua tibia y un jabón suave o una crema de limpieza para la piel.
·         No te frotes fuertemente la cara. De hecho, restregarte puede empeorar el acné e irritar la piel. Lávate delicadamente con las manos en lugar de usar una toalla.
·         Si usas maquillaje, asegúrate de que en la etiqueta diga "no contiene aceite", "no comedogénico" o "no produce acné".
·         Cuando te laves la cara, dedica suficiente tiempo a quitarte todo el maquillaje.
·         Si usas fijadores en aerosol o gel para el cabello, trata de que al aplicarlos no entren en contacto con la cara, ya que pueden obstruir los poros.
·         Si tienes el cabello largo y te toca la cara, mantenlo alejado del rostro y lávatelo con frecuencia para reducir la acumulación de aceite.
·         Las gorras de béisbol y otros sombreros pueden producir granos a lo largo del cuero cabelludo. Evita su uso si piensas que están empeorando tu acné.
·         Lávate la cara después de hacer ejercicios físicos y sudar mucho.
·         Trata de no tocarte la cara.
·         No te arranques, aprietes o revientes los granitos.
Existen muchas lociones y cremas que se venden en farmacias y ayudan a evitar y aliviar el acné. Puedes probar distintos productos para averiguar cuál funciona mejor. Los productos que contienen peróxido de benzoilo o ácido salicílico por lo general son bastante útiles para el tratamiento del acné. El peróxido de benzoilo elimina las bacterias que pueden provocar acné y el ácido salicílico elimina las espinillas y los puntos blancos.
Cuando uses un producto para el tratamiento del acné, asegúrate de seguir las indicaciones al pie de la letra. No uses más cantidad de la indicada ya que la piel podría ponerse muy roja o secarse demasiado. Además, para cerciorarte de que no eres alérgico al producto, es una buena idea probar sólo una pequeña cantidad la primera vez. Y no te desanimes si no ves los resultados al día siguiente ya que los medicamentos contra el acné pueden tardar un poco en hacer efecto.
¿Y si de todos modos me salen granos?
A algunos niños les saldrán granos muy rara vez; ¡ellos sí que son afortunados! Pero a muchos niños les saldrán algunos granos, incluso si toman las medidas necesarias para prevenir el acné. Esto es completamente normal. De hecho, a algunas chicas que no tienen problemas de acné, les aparece acné unos días antes de tener su período menstrual. Este es un problema común llamado acné premenstrual y se presenta debido a cambios hormonales en el organismo. Los chicos también sufren cambios hormonales y son más propensos a tener graves casos de acné.
Si tienes acné, no querrás que éste empeore. Por eso es muy importante que mantengas las manos alejadas de tus granos. Trata de no tocarlos, apretarlos o pellizcarlos. Si jugueteas con los granos, puedes aumentar la inflamación al querer sacarlos o abrirlos. ¡Además, el aceite de tus manos empeora las cosas! Sin embargo, la peor parte es que sacar los granos podría dejar cicatrices en la cara.
Algunas personas te dirán que, además de reventar los granos, tomar sol te ayudará a combatir el acné. Pero esto no es verdad. Aunque el bronceado solar puede hacer que el acné parezca menos grave al ocultar los granos, no va a ayudar a hacerlos desaparecer. Y de todos modos, tomar demasiado sol no es una buena idea porque hoy te puede quemar la piel pero más adelante puede causar arrugas y cáncer de piel.
Los niños con casos graves de acné pueden obtener ayuda de su médico o dermatólogo (un médico que trata los problemas de la piel). Los médicos pueden recetar medicamentos más potentes que los que puedes comprar en una tienda. Entre los productos recetados para combatir el acné se encuentran cremas más potentes que evitan la aparición de granos o antibióticos que eliminan las bacterias que provocan el acné.
Si tienes acné, ahora ya sabes que existen medidas que puedes poner en práctica para mejorar la condición de la piel. Además, recuerda que no eres el único. Si miras a tu alrededor, verás que a tus amigos y a la mayoría de los niños y adolescentes les pasa lo mismo.


Actualizado y revisado por: Patrice Hyde, MD
Fecha de revisión: junio de 2014